Algo huele mal en Dinamarca. Una lectura de Putrefacción.

Algo huele mal en Dinamarca. Una lectura de Putrefacción.


Santiago Sánchez Kutika

Ezequiel Couselo y Damián Fraticelli, Putrefacción, Historieteca, 2016. 96 páginas, 24 cm x 17 cm.

Una heladera desconectada. En su interior, diferentes tipos de alimentos y bebidas se descomponen. Este ambiente da lugar a Putrefacción, historieta que se comenzó a publicar en el número 76 de la revista Fierro (2013), y luego fue recopilada en un libro, editado por Historieteca a fines del 2016. Sus autores, Damián Fraticelli (guion) y Ezequiel Couselo (dibujo), narran una historia de género, una suerte de policial negro con intrigas políticas protagonizado por un huevo, uno de los tantos habitantes de la heladera. Y al mismo tiempo, de forma consciente, producen una reminiscencia muy clara a una realidad política muy específica: los acontecimientos de diciembre de 2001, evidenciando las tensiones existentes entre la ficción y la realidad.

Las primeras viñetas de la historieta nos sitúan, pero también abren interrogantes. En ellas, aparece una heladera entreabierta, que nos deja ver algunas botellas y paquetes que funcionan como viviendas para los personajes. En el cuarto cuadro, un poco más abajo, un enchufe: la heladera está desconectada. Como dice el prólogo de Lautaro Ortiz: “Alguien, que no vemos, desconectó la máquina. Pero, ¿quién? ¿Con qué propósito?”. En esta primera página, entonces, vemos la acción de una mano invisible (¿“…del mercado”?), que, desde su virtualidad, modifica la historia de todos los personajes.

Así, estos pocos cuadros de la primera página nos instalan tanto en el ambiente ficticio donde transcurrirá la historia como en otro espacio, uno que enmarca al primero. La vivienda, el mundo, que contiene a la heladera está vacía: ninguna persona aparece a lo largo de la historieta. Pero su acción (o inacción) repercute en lo que leemos: los productos de este artefacto electrónico están descomponiéndose (como también evidencia la cita con la que abre el libro, una definición de diccionario sobre el término “putrefacción”).

Luego de esta introducción se nos presenta al protagonista: un huevo sin rasgos personales. No sabemos nada de su vida: ni su edad, ni a qué se dedica; es una verdadera superficie en blanco. Enseguida, este personaje es puesto en relación con otro huevo: Rogelio, un político, amigo del mismo, que se encuentra preso, acusado de un crimen que no cometió. No se trata de cualquier funcionario: es el Secretario de Administración del Hielo: teniendo en cuenta dónde transcurre la historia, y la amenaza permanente de la putrefacción para sus habitantes, se trata de un puesto clave. Además, el hielo funciona como un símil del dinero en nuestra sociedad. Sin embargo, su accionar es más directo, un objeto con valor de uso tangible sobre los cuerpos de los habitantes de la máquina. Y también un dinero que se deshace, que cambia de estado y se transforma en líquido por las condiciones externas: el calor y la falta de electricidad del aparato.

Rogelio, quien llegó al poder gracias a sus ideas progresistas, se encuentra desesperado por su condena a muerte. Le pide al protagonista, con quien comparte misteriosas anécdotas de juventud, ayuda para salir de la cárcel. Para hacerlo, el huevo sin rasgos deberá contactarse con María, último vértice de una relación triangular de un pasado en común. La mitad de un ticket de entrada al parque de la ciudad y la mención del nombre de la mujer despiertan en el huevo una serie de recuerdos, y son el disparador del desarrollo de la historia, en la que el protagonista se ve arrastrado, casi como si estas cosas no le estuvieran pasando a él.

Mientras tanto, a su alrededor, gran parte de los productos habitantes de la heladera (es decir, los personajes literalmente cosificados, transformados en mercancías con un valor de uso y un valor de cambio) no aceptan su descomposición de manera pasiva: salen a la calle, protestan y culpan al gobierno de su estado actual. Las moscas, verdaderos buitres que acechan la descomposición, beben de las piletas públicas y descienden sobre los menos afortunados, los cuales se derriten en las calles pidiendo un mínimo trozo de hielo para sobrevivir. Ya es tarde para ellos: nadie los ayudará. Nuestro protagonista, lejos de ser distinto, se cruza en sendas oportunidades con estos personajes y los esquiva.

Esta tensión entre lo privado y lo público, lo personal y lo social, entre la ficción y una realidad que la alimenta, pero que también la supera, es una constante en Putrefacción. La historia personal, la relación entre el protagonista, Rogelio y María, intenta ignorar el contexto internándose en el terreno de los recuerdos y de las motivaciones personales, así como el huevo ignora al mendigo en descomposición. Pero no hay escape posible: esta realidad está en todos lados, y es demasiado fuerte para huir. El huevo, un no-definido, uno entre muchos, una personificación de la clase media, es engullido por el horror circundante. Su historia, la de sus amigos y conocidos, es también la historia global. El 2001 argentino es un horizonte de referencias para los autores. Dice Damián Fraticelli, guionista de la obra:

«La idea había surgido en el 2001, en diciembre, con la crisis. Yo estaba escribiendo unos guiones de historieta y se me habían podrido unas cosas en la heladera, por un corte de luz. Hacía mucho calor y, con la crisis, el ambiente en general estaba un poco “podrido”. Además, el gobierno estaba pidiendo guita afuera y ya no había blindaje que alcanzara. Se había armado un sistema que no se sostenía, que necesitaba mucha guita de afuera para funcionar. Y no se la daban. Eso aparece en Putrefacción: un sistema cerrado en donde todo se empieza a pudrir. No hay electricidad y la heladera deja de enfriar. El hielo se transforma en un bien escaso y todo el mundo se pelea por él.»

Rogelio, el representante del gobierno, es corrupto: para llegar a su lugar tuvo que transar con los poderosos, que siempre esperan algo a cambio. Pero su pasado tampoco es intachable. Si bien su discurso es progresista, e implica una distribución más equitativa del hielo en estantes que representan los estratos sociales de la heladera, sus acciones personales no se condicen con sus palabras. Toda la política está podrida, parece decirnos el protagonista, en una clásica reflexión de novela negra. No hay salvación posible a menos que la clase gobernante, responsables de este estado de las cosas, renuncien: es el discurso que muchos sostenían en el 2001, y que aún hoy suele aparecer como una frase reflejo ante las desgracias producidas por las políticas de estado.

El dibujo de Couselo participa también de esta tensión entre lo público y lo privado: la representación grotesca de los personajes, que se centra muchas veces en sus bocas, sus orificios con dientes podridos. En un flujo de materia gracias al calor y la descomposición, como se ve en el derretimiento del juez manteca. En las marchas masivas y la manifestación popular, furiosas reacciones ante la violencia de los más poderosos. Las tramas y la puesta en página, con una clara influencia de Charles Burns, ayudan en este sentido a exagerar rasgos y sensaciones de los personajes. El mundo de Putrefacción es en blanco y negro: no parecen existir los intermedios. O se es bueno o se es malo. Pero la mayor parte de los personajes es corrupto: su descomposición no es solo física. Sin embargo el protagonista se mantiene, dentro de todo, impoluto. No se beneficia personalmente por su posición o por sus contactos.  No se involucra.

Este, con la tarea de salvar el pellejo de su corrupto compañero, se ve acechado por dos grupos: uno, ligado al poder político/judicial, comandado por el juez Manteca (uno de los financistas/favorecidos por Rogelio), y otro compuesto por militantes rebeldes, radicalizados, desorganizados e inexpertos. En este mundo en el que no parece haber trabajos (ni siquiera sabemos cómo consigue su dinero el protagonista) los únicos oficios que se nombran y aún se mantienen en el caos son los relacionados a instituciones: jueces, políticos, policías/seguridad, etc. El huevo, sin embargo, no se une a ninguno de estos dos bandos, y se emperra en actuar por motivos personales: por su relación con Rogelio y con María, la femme fatale. Las marchas le pasan por el costado: él no participa de ellas. Ni siquiera sabemos cuál es su opinión al respecto. Repudia el accionar del grupo militante, y no coopera con sus integrantes hasta que no le queda otra opción, al ser amenazado verbal y físicamente.

Sin embargo, tampoco ve con buenos ojos (más bien teme) al Manteca y sus matones que, de entrada, asumen la vía de la represión y la violencia. Por lo tanto, se queda en un camino intermedio, escapando de unos y otros, así como de la realidad social que lo circunda. El huevo protagonista, tironeado por los dos grupos, escapa con María para dar con el objeto que todos buscan (cada uno, por sus propias motivaciones que implican una idea de salvación, ya sea esta individual o colectiva): el hielo escondido por Rogelio. Debe recurrir a la memoria para encontrarlo: lo hace a través de un flashback, suscitado por la visión de un líquido viscoso (una vez más, nos encontramos con la imagen del fluido, de lo que se nos escapa de las manos, de lo que cambia de forma, de aquello en lo que nos convertimos al descomponernos).

Como ningún personaje es inocente, como todos ellos están podridos, (quizás con excepción del protagonista) se suceden una serie de traiciones; María, quien parecía representar la salvación a través del amor, se revela como un personaje vil, interesado solo por lo material. En el momento cúlmine los personajes encuentran el macguffin en cuestión: un refrigerador lleno de hielos, la reserva que Rogelio malversara y guardara para uso personal. Este refrigerador cerrado es el centro de un recuerdo oculto de nuestro protagonista, una mancha en su inocencia. Se trata del lugar en el que él y Rogelio, en su juventud, mataron a una mosca con sus propias manos, cubriéndose de su viscosa sangre, y el espacio en el que luego encerraron a otros tantos insectos, procurándoles una muerte lenta y segura. El hielo robado por Rogelio ya no existe: el motor se rompió, y solo queda agua putrefacta, que chorrea y cubre a los personajes.  La memoria personal, la del protagonista, no sirve para nada, no lleva a la salvación de muchos o pocos. Todo su trayecto ha sido en vano: no existe salvación; el hielo se ha terminado, ya no hay forma de seguir manteniendo artificialmente este sistema, inyectando un dinero que ya no está.

La historieta no termina ahí. Existe una suerte de epílogo: el juicio de Rogelio, en el cual el Manteca oficia como juez. El calor es agobiante, y el Manteca, en consecuencia, se derrite. Su ley, el orden corrupto de las instituciones, se deshace. Ante esto, el pueblo entra en escena, en un arrebato desordenado, y se produce una batalla campal. Todavía no hay una línea organizativa en esa violencia: es solo un ímpetu destructivo: un “que se vayan todos”.

Este ambiente es propicio para la entrada de las moscas, que, como agentes móviles por fuera del sistema de la heladera, destruyen a todos los personajes por igual. Rogelio, presuntamente salvado, corre a abrazar al protagonista. Por su cadena, tropieza y cae, quebrándose. Su interior líquido (y podrido) se esparce por el piso. El protagonista ve cómo su historia personal, la suya y la de su amigo, se transforman en la historia global, social. Ya no hay escapatoria. Pero continúa contemplando, sin entrar a la acción, un verdadero voyeurista de la historia.

En este punto de no retorno, de total descomposición de la situación y de los personajes, termina Putrefacción. Volvemos a ver la heladera entreabierta, vacía de personajes (¿quizás en las calles, en alguna marcha?). En esta ficción no existe salvación para los personajes. Ni la memoria individual ni un accionar desorganizado los llevan por un buen camino. En la realidad, sin embargo, en esa realidad que funciona como marco del thriller policial-político, la lucha puede (y debe) ser distinta.


Santiago Sánchez Kutika es editor y guionista. Egresado de la Universidad del Cine y estudiante de la carrera de Artes en la UBA. Cofundador de la cooperativa editorial de historietas Hotel de las ideas, ha publicado, luego del casi obligado paso por el fanzine, guiones en revistas como Fierro (donde, además, colabora con el blog de la publicación) o Maten al Mensajero y en libros como Clítoris, Creer o reventar y De Once a Moreno. Ha escrito artículos sobre historieta para Página/12, Radar e Indie Hoy. Actualmente trabaja en el estudio de videojuegos Okam.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

COMMENTS

  1. Bruno Percivale

    abril 10

    Muy interesante la lectura, Santiago. Creo, y me permito señalar e insistir sobre algo que mencionás al pasar, que, aunque el foco de la alegoría que construyen Fraticelli y Couselo está sobre la heladera y lo que pasa adentro, lo más potente es el hecho de que esté desenchufada. Digo esto pensando en las significaciones que se pueden construir y agregar sobre este detalle al conectarlo con distintos rasgos alegóricos que funcionan adentro de la historieta: el hielo como dinero, el frío como la posibilidad de existencia digna, la maquinaria de enfriamiento como sustento del andar del mundo. Todo (quiero usar la palabra «sistema», pero me reprimo, la confino al paréntesis) pende de un enchufe, que no está donde tiene que estar, y me atrevería a decir: que nunca va a estar donde tiene que estar.
    Lo más asombroso, como decís, es la recursividad, no solo de la historieta sino también de la historia: que los bosquejos de la trama hayan sido delineados a fines de 2001 y el producto terminado no deje de tener actualidad, es poco menos que monstruoso.

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