Desear, deber, amar. Sobre «Mujer primeriza» de Daniela Kantor

Desear, deber, amar. Sobre «Mujer primeriza» de Daniela Kantor


Por Teresita Garabana[1]

Daniela Kantor, «Mujer primeriza». Buenos Aires: Burlesque Editorial, 2014, 104 págs.

“Yo quería descansar… de a poco, me iba enterando: esto no iba a parar. Ya no volvería a ser como antes”. Así de dura es la revelación de la Mujer Primeriza, apenas unas horas después de parir, en su casa, a su primer hijo.

Escrita en forma de diario (de viaje y de vida), esta novela gráfica es, justamente, muy gráfica: hay hemorroides, tetas que se caen,  pañales con caca, inapetencia sexual. Un montón de imágenes de aquello que, sabemos, sucede, aunque una –que no estuvo ahí- no quiera pensar mucho en eso. Los medios están repletos de famosas que engordan cuatro kilos en nueve meses, dan a luz en diez minutos cantando bajo la luna, ADORAN amamantar 24/7, hacen colecho pero igual cogen, o sus bebés duermen toda la noche en su habitación y a los dos meses de parir juran que son la Mata Hari y que se sienten más sexies que nunca. No digo que esto no pueda suceder (ojalá!) pero me parece que no es el caso de la mayoría, y Mujer primeriza viene a desmitificar ese ideal absurdo que, en general, hace sentir mal a las mujeres cuando se enfrentan a sus propias realidades, y es una voz entre algunas otras –no muchas, a decir verdad- que se animan a retratar “el otro lado” de maternar.

Dos cosas están claras en esta historia: la Mujer Primeriza quería un hijo y tenía una pasión, y este vínculo “mi pasión-mi hijo” aparece tensionado. Cuando ella pone un ojo en otra parte e intenta volver a dibujar, el bebé corre peligros. Algún pequeño incidente doméstico, sin importancia, hace aparecer al fantasma negro que la visitará cada vez que “se descuide”: la culpa. “Pasé a ser una atormentada bolsa de harapos (uso viejas camisetas) que come sobras de las ollas y, lejos de alentarme, los demás me culpan por cada mancha, golpe, rabieta, llanto o grito del bebé. Claaaro! Con toda la razón! Soy la madre y mi deber es ser perfecta. Pero bajo este manto de madre soy un ser humano común y malhumorado”. La Mujer Primeriza, claro, no es perfecta, aunque intenta no perder el humor y soporta estoica –con muchísima paciencia, la verdad- los comentarios de otras madres que todo lo saben, todo lo vivieron y, peor aún, creen que hay que decirlo todo.

La búsqueda de un lugar donde vivir, unida a la búsqueda interna de cómo ser madre, son los hilos conductores de esta novela que, para alguien excesivamente adaptado a una realidad sedentaria y urbana  puede resultar, por momentos, desesperante. ¿Por qué no se quedan donde están y se lanzan a viajar? ¿No tienen suficiente bardo con un bebé? Inteligente, la protagonista declara que hay varias razones para viajar con un recién nacido: quedarte en casa puede ser igual de terrible, más adelante puede ser más difícil, los bebés no tienen horarios ni rutina: lo único que quieren es estar donde vos estás.

En ese recorrido el bebé va creciendo, y junto con él todo cambia: la ilusión, el hogar, el amor, ese lazo entre madre e hijo. Lo que se debe aprender se aprende y la Mujer primeriza, cada vez más canchera y empoderada, va retornando a su propio deseo. El camino es duro,  y está lleno de momentos hermosos pero parece realmente agotador. La protagonista, mientras va conociendo a su hijo, disfruta de estar con él, de ponerse al hombro con plena consciencia la tarea de formar un ser humano. “De lo malo se aprende, de lo bueno se disfruta”, dice.

Hace poco una amiga me dijo que ama más a sus hijos ahora que cuando recién los tuvo, y me parece lógico. Al menos, más lógico que aquellas frases repetidas como una sentencia del estilo “en cuanto lo vi sentí un amor inconmensurable”.  Kantor también propone un amor que se va construyendo, que se asienta sobre lo desconocido y que consiste en permanecer vinculada y responsable de su hijo incluso cuando no tiene ganas. “A veces el deber ocupa el lugar del amor cuando el corazón está cansado”. Tiene sentido. ¿Es posible, acaso, amar incondicionalmente y para siempre a otra persona, a alguien que te requiere y te necesita todo el tiempo? Quizás sí, pero puede  que ese amor no se manifieste de manera constante, o que el deber, los límites, la angustia, etc., sean parte de lo mismo.

El otro tema es la culpa. Me gusta esta idea de que “hay tantas madres como formas de maternar”, pero la cuestión de la culpa parece atravesar a todas las madres. Culpa por trabajar, culpa por hacer lo que les gusta, culpa por seguir deseando y, obviamente, querer ser objeto de deseo. En Mujer Primeriza las cosas se hacen con culpa pero se hacen igual: los diez minutos corridos que duerme el bebé se usan para dibujar o escribir o analizar lo que está sucediendo.  Kantor dice que no busca el cambio, que este viene solo, pero en su libro muestra una maternidad muy autoconsciente, amorosa y realista.

Como mujer que no es madre pero que algún día, si puedo, quisiera serlo, el libro me deja el sabor agridulce de aquello que evidentemente tiene cosas buenas y malas. Escucho a muchas madres que respeto y tomo notas mentales de aquello que dicen. Lo que más sensato me pareció últimamente fue “puede ser que tengas un bebé que se porte bárbaro y no signifique mayores problemas, pero tener demasiadas expectativas sobre lo que creés que va a pasar puede hacerte daño”. Otra madre me dijo (y esto me encantó): “Pensalo como una tesis, va a tener momentos en los que la vas a pasar como el orto y otros en los que vas a disfrutar un montón, porque eso es construir algo”. Por ahora, que tengo una tesis por delante, pienso dedicarme a estudiar, a leer, a escribir más, a aprovechar hasta exprimir el tiempo, mientras sea completamente mío.


[1] En esta reseña hablaré de la maternidad sin ser madre. Vengan de a una.


Teresita Garabana nació en Bariloche y vive en Buenos Aires. Es Licenciada en Historia y opina sobre esto y aquello.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

COMMENTS

  1. daniela kantor

    septiembre 5

    ahhjajaja!! muy linda, gracias!!! estoy pasando a tinta justo hoy la «segunda parte» , vaya casualidá!
    pd: no se si vale la pena decirlo, pero no sé si el » querer tener un hijo» es lo que yo entiendo que se quiso decir en la nota, y si lo es, no es exactamente cómo me sucedió a mí. no quise tener un hijo antes de que «el momento de ponerse de acuerdo en tenerlo» existiera. Creo que más bien pensaba en mí y en mi destino.
    besos

    • Teresita

      septiembre 5

      Hola Daniela!
      Me alegra que te haya gustado. Cada persona que llega a este mundo viene por distinta vía. Algunas personas son deseadas durante años, otras buscadas con métodos científicos, otras llegan de manera más espontánea por el amor y la pasión y muchas otras (entre las que me incluyo) somos «accidentes» no por ello menos amados y cuidados. A mí me gusta fantasear con ese hijx que ni sé si alguna vez va a existir. Y vaya uno a saber qué pensaré entonces sobre esto que escribí! Probablemente me muera de vergüenza. Espero ansiosa la segunda parte, me encanta! Me encantó la primera! Un beso.

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