Un apacible paraje invernal

Un apacible paraje invernal


Últimamente ando obsesionado con los moomins, esos personajes gorditos parecidos a hipopótamos/manatíes -pero también similares a las invenciones animales de Elzie Segar y Al Capp en Popeye y Lil’ Abner– creados por la pintora, dibujante y escritora finesa Tove Jansson en 1945. Los moomins viven en el Valle Moomin, donde tienen su Casa Moomin y se encuentran con personajes de formas y costumbres particulares, con nombres graciosos como hemulens, hattifatteners, Groke y Muddler. En un principio sus aventuras fueron publicadas como libros ilustrados para niños, luego como tira de prensa a partir de 1954 en el diario inglés Evening News.1 Pronto se convertirían en un enorme suceso llegando a aparecer en “40 países, más de 120 diarios, con 20 millones de lectores diarios”.2La leyenda cuenta que Jansson dibujó el primer moomin cuando, enojada por una discusión que había tenido con su pretencioso hermano que gustaba de citar filósofos, encontró una cita de Kant (en otras versiones es Schopenhauer) en la pared del baño. Furiosa, quiso contradecirla, pero la frase era imposible de discutir. Entonces “dibujó el animal más feo que se pudo imaginar” y así nació Moomintroll, el protagonista de la serie.

Otra parte de la historia oficial de los moomins cuenta que Tove inició la serie como una manera de lidiar con el trauma y la tristeza de la Segunda Guerra Mundial. Uno de sus hermanos combatió en una guerra que, recordemos, había visto a Finlandia atrapada entre los nazis y la Unión Soviética, negociando una alianza con los primeros en contra de los segundos, con quienes estuvieron en guerra casi permanente hasta 1944.3Como con otras grandes tiras para niños europeas de esta época (Los Pitufos, Tintin) en los moomins hay un trasfondo oscuro, el trabajo de un trauma y cierta amnesia selectiva, que vuelven en la forma de aventuras infantiles donde al final todo termina bien.




A la vez, es un trabajo que tiene una carga autobiográfica. Parte del atractivo es descubrir los vínculos bastante transparentes con su madre (Moominmamma), su padre (Moominpappa), ella misma (Moomintroll y Little My) y, sobre todo, la manera en que codificó su sexualidad en ciertos personajes. Jansson era homosexual, y sostuvo una relación con la artista Tuulikki Pietila durante más de cuarenta años. Una relación que estaba marcada por dos cosas: largos períodos de aislamiento en la isla de Klovharu, donde construyeron una casa sin agua corriente ni electricidad en la cual se recluían durante los veranos para trabajar sin distracciones. Y por el hermetismo de las cosas no dichas. La homosexualidad fue ilegal hasta 1971 y clasificada como una enfermedad hasta 1981 en Finlandia, un país que todavía tiene ciertos problemas con las políticas de género, como se comprobó este año en su rechazo a eliminar la norma que obliga a las personas transgénero a sufrir esterilización si deciden cambiar su género legalmente asignado. 4

En uno de los libros ilustrados hay dos personajes llamados Thingumy y Bob. Tienen su propio lenguaje, andan siempre de la mano y cargan una valija cuyo contenido se niegan a revelar a nadie. Finalmente lo abren y es un gran y hermoso rubí. Luego, cuando Jansson inició su relación con Pietila, en la serie apareció Too Ticky, un personaje práctico al que le gusta construir cosas, que ayuda a los moomins en diversas aventuras. Mujer, pero con un diseño andrógino y butch, Too-Ticky es el avatar de Pietila en el mundo de los moomins.

Pero ¿qué es lo que hace a los moomins tan atractivos? Me lo pregunto a mí mismo porque no puedo parar de pensar en ellos. En primer lugar, hay una atracción gráfica. Los personajes y el trazo de Jansson son muy particulares. Este se caracteriza por líneas decididas pero curvilíneas, cuasi infantiles. Jansson nunca sobrecarga un cuadro y prefiere que sus personajes ocupen el centro de la escena con apenas algunos detalles para el piso, piedras, el mar o un árbol. El blanco es uno de los grandes protagonistas, algo que llama la atención sobre su condición de tira diaria pero también recuerda los paisajes helados, desolados, agrestes, de ríspida soledad, que caracterizan a los países nórdicos. Con un ritmo habitual de 3 cuadros grandes por tira, relajados, espaciosos, a menudo tienen en sus bordes pequeños detalles ornamentales que hablan de la historia que está sucediendo.

Los personajes parecen producto de un cuaderno de garabatos a la vez que comparten un cuidado grafismo común. Bocas en la punta de trompas, bolas de pelo con ojos, narices puntiagudas, bigotes frondosos, patas lo más simple posibles. Cada personaje del mundo moomin vive en un punto intermedio entre sus rasgos animales y su comportamiento civilizado. A la vez, contrasta este diseño simple basado sobre todo en rectángulos y círculos (que me recuerda a los tontos garabatos que son lo único que puedo dibujar) con el decorado sintético pero rico de la ropa. Si aparece un personaje ataviado de traje negro, con porte digno y serio, y apariencia de leguleyo u oficinista de mitad del siglo XX, es seguro que viene a arruinar la diversión, introducir algún fastidioso valor moderno, o simplemente poner su neurosis en la tarea de interrumpir la feliz vida de los protagonistas. Y luego están los personajes rococó y recargados de la clase alta, mujeres con vestidos largos y pequeñas redondelas que hacen las veces de perlas, aristócratas narigones con pelucas y chalecos llenos de filigranas.

Y es allí donde creo que se encuentra otro de los grandes atractivos de la serie. Los personajes viven en una especie de mundo natural, en donde el trabajo no existe, lo básico indispensable para la vida está garantizado, y lo único que les interesa es pasar un buen rato y divertirse. Pero la sociedad irrumpe de forma constante, molestándolos. Casi todas las aventuras se inician porque un nuevo sujeto extraño se presenta y lanza la rutina de los moomins al caos imponiendo su propia visión de las cosas. Muchas veces los acontecimientos se suceden no pueden decir que no: a que alguien se quede en su casa, a las presiones de un oscuro y amargo sujeto que les dice que tienen que trabajar y ser concienzudos y serios, a las visitas inesperadas que rompen su hibernación invernal, al deseo de fama que pronto se transforma en carga, a las modas que los llevan a armar clubes que luchan entre sí. En esto, pareciera, Jansson plasma el fastidio que le fue produciendo que los moomins tomasen paulatinamente su vida, con cada vez más compromisos laborales y profesionales entregados a los bichos, cuestión que le impedía dedicarse a la escritura y la pintura.

Por otro lado, los moomin viven perpetuamente tironeados por los polos opuestos de la burguesía y la bohemia. Muchas aventuras los ven intentando adecuarse a la vida moderna, ahorrar, trabajar, ser sobrios y despojados, volverse más serios y abandonar los bailes y el modo de vida salvaje en donde se puede dormir debajo de una mesa y hacer fiestas llenas de alcohol fermentado de mermelada. Otras se inician cuando los Moomin son seducidos por una vida baudeleriana, por la llamada del arte, la aventura, una vida sin ataduras, el romanticismo (en el sentido decimonónico de la palabra). En uno de los episodios, llegan dos profetas al valle: uno, vestido con flores y túnica, predica una vida libre, “que deje atrás la consciencia y la ansiedad” ya que “las responsabilidades son una molestia”. El otro, gris y terrible, amonesta a toda la población por seguir sus impulsos, se pone protestante y hace llover el pecado y la culpa. Finalmente, ambos son expulsados del valle.

En otra, los Moomin viajan en el tiempo al siglo XVIII y se encuentran con todos los estereotipos del mundo burgués que está naciendo: el iluminista que da los primeros pasos en la ciencia experimental, vive de acuerdo a la razón, mide todo y considera que balancearse en una hamaca “es muy poco razonable”; pero también el revolucionario de cotillón que da discursos inflamatorios hasta que el rey lo invita a una cena. Y, por último, el rey mismo, a punto de desaparecer, que sortea invitaciones para acudir a verlo comer, lo cual es considerado un gran honor por los ciudadanos quienes a partir de ese día exclaman que, después de que vieron al rey hacerlo, “siempre comerán pan y queso con la más profunda reverencia”.

Todo este ballet social (que también está muy presente en el episodio donde visitan la Riviera francesa) le parece a Jansson por completo ridículo. Es que, en el fondo, los Moomins son hijos del estado de bienestar y la socialdemocracia a la nórdica. La última gran ilusión de la estabilidad democrática, sostenida en la “treintena gloriosa”, como le llamaría Hobsbawm, de 1945-1975. Están en el justo medio. Son burgueses, pero burgueses respetables que quieren vivir una vida apacible, previsible, en donde no falte nada, digna de ser lograda sólo en países pequeños y ricos como Finlandia. Y, también, muy similar a la familia de Jansson, compuesta mayormente por artistas, iconoclastas y librepensadores cuya condición de posibilidad para ello fue pertenecer a las clases altas.

Jansson no es una fanática ni de la revolución ni de la monarquía, pertenece a esa “amplia avenida del medio” que, como dice Zizek, quiere que le dejen en paz para dedicarse a su trabajo o lo que sea. Esto se refleja en la manera en que la vida de los moomins es continuamente interrumpida por los sucesos que la arrancan de su existencia plácida. A veces los moomin sienten que su vida debería tener “algo más”, un plus de riqueza, de experiencia. Pero pronto están cansados, fastidiosos, angustiados por las nuevas obligaciones, y vuelven a su estado de salvajismo burgués. Es curioso, entonces, que la personalidad tanto de los personajes como de la autora atenta contra el género (la historieta de aventuras para niños) en el que la serie se encuentra.

Es justamente ese lugar particular el que, al fin, forma parte del gran atractivo de los moomins. Por supuesto que una parte es debida a su belleza gráfica, a su diseño hermoso y reproducible. Otra al mundo extendido en el cual se mueven, en el cual cada personaje cuenta con una personalidad muy definida. Pero también hay algo hermoso (y muy cierto y con lo que es fácil relacionarse) en una historieta que te dice que hay nobleza en la estabilidad, en la rutina, en lo pequeño. Que dice que trabajar, en algún punto, es un incordio y un tormento, y que está bueno, por ejemplo, perder tu gran novela sobre el mar en un huracán para que no te presione más a terminarla. En estos tiempos donde se nos exige estar cada vez más nerviosos y ocupados a la vez, sin que por ello se nos recompense con certeza alguna, esto no es poca cosa.


 

  1. Un interesante punto sobre los Moomin es el lugar del idioma. Jansson era de la minoría de hablantes suecos en Finlandia, y las tiras fueron originalmente publicadas en inglés. ¡Una historieta auténticamente europea!
  2. En Argentina, en apariencia, fueron publicados en algún momento, pero los datos son muy escasos y dispersos.
  3. Suecia, por su parte, fue un país neutral que contribuyó con grandes cantidades de hierro al esfuerzo de guerra nazi.
  4. De cualquier modo, Finlandia no se encuentra sola en esta práctica inhumana: más de 20 otros países europeos, entre los cuales están Francia, Suiza, Bélgica y Grecia, también la sostienen.

Escribe cosas desde el 2003. Desde el 2007, junto con amigos de Uruguay, Buenos Aires y Perú, mantiene el blog El Baile Moderno (www.elbailemoderno.com). Ha contribuido y contribuye en medios diversos como Haciendo Cine, Los Inrockuptibles, Crisis, One Week One Band, Luthor, Mancilla, Comiqueando y Fierro. Licenciado en Historia, Doctor en Ciencias Sociales (con una tesis sobre humor gráfico y caricatura política en Argentina entre 1955 y 1976), lector de Grant Morrison. Trabaja en el CONICET, donde investiga historieta y humor gráfico, es docente de la UBA y profesor de secundaria.

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