Todos los historietistas que me gustan son unos machistas horribles (o la inminente necesidad de un feminismo interseccional)

Todos los historietistas que me gustan son unos machistas horribles (o la inminente necesidad de un feminismo interseccional)


Por María Lacroix

Imagen de portada: Lou Rogers.

Me acuerdo clarísimo el momento en el que escribí esa frase en Twitter. Estaba leyendo un libro de Joe Sacco, y en medio de las bombas y de las madres musulmanas que perdían a sus hijos, aparecía algún que otro cuadro de él mismo chamuyándose alguna mina, mirando culos (culos dibujados con el mismo detalle y cuidado que los cuerpos mutilados sobre la tierra). Claro que ni por un segundo me sorprendió. Porque esta historieta no habla de género, porque ese momento del relato es accesorio y nada tiene que ver con el tema principal del libro.  De todas formas mi pequeño radar anti misoginia se desactivó rápido y seguí leyendo. Incluso, todavía me sorprendo al darme cuenta que puedo perdonarle a mis autores preferidos ser misóginos y violentos pero jamás ser de derecha (¿o es lo mismo?). Todo esto me quedó resonando unos días en la cabeza, hasta que me di cuenta que esta sensación me había acompañado durante toda mi experiencia como lectora de historietas.

Me repetí lo que todos sabemos: el mundo de las historietas ha sido siempre un mundo mayoritariamente de hombres. Automáticamente me acordé de todo el asunto del Grand Prix de Angoulême (uno de los festivales de historieta más grandes del mundo). Integrantes del Women in Comics Collective Against Sexism, denunciaron la decisión deliberada de excluir artistas mujeres de la nómina. En respuesta, una de las autoridades del festival, Franck Bondoux respondió algo así como que al festival le gustan las mujeres, pero que no se puede reescribir la historia del cómic. Y como a la historia la escriben los que ganan (o los que nacieron como seres privilegiados de un sistema heteropatriarcal clasista y feo), las mujeres nos quedamos afuera. La historia del Grand Prix como es bien sabido tiene una sola artista ganadora en más de 40 años de existencia, y en los últimos años la nómina estuvo formada casi exclusivamente por hombres (esto resulta incluso más molesto si consideramos el significativo aumento en la visibilidad de historietistas no-hombres cisgénero de los últimos años).

Edwina Dumm, Fashion Hints from the Darkest Russia (Columbus Daily Monitor, 1917)

Es inevitable preguntarme si el problema es que existan pocas historietistas mujeres, o si fueron sistemáticamente silenciadas durante los últimos cien años. Entré a google y busqué: “female comic writers”. Sin ninguna sorpresa, la mayoría de las respuestas referían a casos de denuncias de abuso sexual en espacios de producción de historietas. Finalmente encontré algunos artículos que rastreaban artistas gráficas desde principios de 1900 (Nell Brinkley, Rose O’Neill, Edwina Dumm, la maravillosa Fay King, y una lista bastante más larga de la que yo podía imaginarme). Incluso, me encontré con varios artículos sobre la historia del cómic autobiográfico que nombraban a Fay King entre las pioneras del género (cosa que en algún futuro pretendo indagar con más detalle).

 Las décadas posteriores a 1920 no se quedaron atrás. En 1928 Gladys Parker publicaba Gay and her gang y posteriormente Mopsy. Para 1940, cuando apareció Betty G.I. for the Women’s Army Corps, Parker ya había sido publicada en una innumerable cantidad de diarios y revistas de la época. Solo para nombrar otro ejemplo, tomemos el caso de Jackie Ormes, una de las primeras historietistas de ascendencia afro americana en la historia del medio. En 1938 aparecía Torchy Brown, la historia de una joven negra que decide abandonar su cuidad para perseguir su vocación artística. Considerando la época, su género y su color de piel creo que resulta bastante obvio afirmar que las mujeres fuertes no son nada nuevo en el mundo del cómic.

Lous Rogers, Procession de Luxe (The New York Call, década de 1910)

Otra cosa que nada tiene de nuevo, es el feminismo. Tonemos por ejemplo el caso de Lou Rogers: su primera publicación fue en 1908. Para 1914 el Woman’s Journal y el Woman Citizen publicaban varios de sus dibujos mientras, a su vez, la impulsaban como vocera del movimiento. Una de sus imágenes más conocida es una publicación sobre métodos anticonceptivos (algo, por supuesto, completamente disruptivo en la época). Siguiendo en esta línea, y para no extendernos mucho más en ejemplos (aunque quizás debería), saltemos bastante en el tiempo y hablemos de la maravillosísima Alison Bechdel.

Jackie Ormes, Torchy Brown (The Pittsburg Courier, 1938).

Hace poco escuché en una conversación que ella había marcado “la aparición de las mujeres feministas en el cómic”. A esta altura está claro que nada podría estar más lejos de la realidad. Sin embargo sí aparecieron algunas formas de militancia más concretas: por ejemplo el “test” publicado en Dykes to watch out for. Una de mis cosas favoritas de ese test, es que (aplicado a la historieta), dejaría afuera a la gran mayoría de tiras y novelas gráficas que hoy se siguen definiendo como las mejores y más importantes. Esta crítica, no solo denuncia la ausencia absoluta de personajes mujeres en las producciones de alcance masivo, sino que también deja en evidencia el problema de los personajes femeninos cuya voz está dada por hombres. Mujeres dibujadas y habladas por hombres misóginos y horribles.

Alison Beched, «The Rule» en Dykes to watch out for (WomaNews, 1985).

Después de este pequeñísimo e incompleto recorrido, no me queda más que preguntarme: ¿Por qué, si las mujeres habitamos y militamos estos espacios desde siempre, seguimos con esta sensación de que el feminismo es algo nuevo? ¿Por qué seguimos dejando que nuestra historia sea contada por un sistema que deliberadamente niega más de cien años de lucha? Como todo movimiento, o como todo proceso, hay claramente puntos en los que las líneas se tocan, se hace presente algo con más fuerza (por ejemplo las luchas por el sufragio, o el feminismo de los ‘60, o estos años que nos tocan). Sin embargo algo pasa, algo se rompe (o nos rompe) y quedamos otra vez discontinuadas, aisladas, sintiendo que tenemos que inventar todo de nuevo, que escribir todo de nuevo, que dar debates como si nunca antes se hubiesen dado. Quizás sea tiempo de preguntarnos si es posible construir espacios de disidencia en un ámbito signado por una estructura patriarcal y heteronormativa.

En otras palabras, ¿de qué sirve llamarnos feministas o aliados, si nuestro consumo cotidiano sigue dirigido a fomentar económica y culturalmente historietas misóginas y machistas? Que Marvel y DC contratan menos mujeres que hombres es bien sabido. La cantidad de artículos, ponencias y tesis sobre la construcción de mujeres-objeto en los cómics de superhéroes desbordan por todos lados. La mayor presencia de “personajes femeninos” en los últimos años no hace más que fortalecer esa misma estructura (alcanza con mirar brevemente a casi cualquier superheroina).

Sin embargo no todo es tan horrible. Los colectivos de género florecen por todos lados. Argentina y América Latina parecen ser terreno fértil para la aparición de nuevos espacios que abren camino a los géneros disidentes (las Chicks on Comics, Clítoris, etc.). La mayoría de los congresos y encuentros de historietas tienen charlas y mesas de género. Denunciamos lo mismo por todos lados.

Pero en el fondo sigue la misma duda: ¿no es necesario acaso agenciar nuevos modos de producción? El feminismo no es un problema lingüístico (o al menos no solamente). Los salarios, los accesos a recursos y al bienestar físico y emocional siguen siendo desiguales. La producción artística y de bienes culturales sigue garantizando la exclusión sistemática de géneros diversos. Pensar la historieta desde el género implica cambiar nuestros hábitos de consumo. Tomar el espacio y volverlo feminista. Generar el hábito de comprar historietas producidas por mujeres y géneros disidentes; fomentar su circulación y su llegada a nuevas áreas; hablar, estudiar, investigar. A los amigos cis les toca usar sus espacios de poder para garantizar nuestras voces y nuestra presencia. Les toca correrse un poco, convertirse en aliados, entender el contexto de emergencia de las mujeres como sujeto de enunciación, no opacarlo. Les toca sumarse a la transformación colectiva. Y a nosotres nos toca hermanarnos desde el afecto y desde la alerta constante (y justo por esto aplaudo el caso de Clítoris).

Son épocas de lucha por todos lados, desde todos los frentes. Tomando a Bondoux, tenemos que reescribir la historia del cómic y hacerla feminista.

Supnem, Hermostras (2017)


María Lacroix Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y docente. Forma parte del colectivo impulsor de talleres de estudio de filosofía y teoría social desde el año 2012. Expositora en congresos de sociología, política, filosofía, y en el congreso Viñetas Serias. Estudia música en el conservatorio Manuel de Falla. Actualmente trabaja en la realización de un documental sobre migrantes, refugiados y el conflicto de medio oriente.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

COMMENTS

  1. delius

    diciembre 8

    muy buena nota! queda mucho por hacer y allá vamos, hermanarnos desde el afecto y el alerta, estamos atentas! muy bien.

    • Maria Lacroix

      diciembre 8

      eh gracias, y allá vamos! <3

  2. Lara

    diciembre 9

    Genial la nota! Por más espacios de producción de historietas a cargo de mujeres, para que llegue el día en que prescindamos de ese radar «anti misoginia» del que disponemos y que hemos naturalizado.

  3. Mariela

    octubre 8

    Hola María,
    ¿Cómo te encuentro en twitter? La nota es genial.

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