Escenas de la historia colombiana: Entrevista a los Hermanos Jiménez

Escenas de la historia colombiana: Entrevista a los Hermanos Jiménez


Por Gerardo Vilches


Miguel Jiménez (Tunja, 1983) y José Luis Jiménez (Tunja, 1981) son artistas multidisciplinares y, junto a Andrés Cruz, los autores de Los once (Cohete Cómics, 2014), una de las novelas gráficas más exitosas de los tiempos recientes en Colombia, que aborda la toma y retoma del Palacio de Justicia en 1985.


GV: Contadme cómo trabajáis en colaboración, para empezar.

Miguel Jiménez (MJ): Nosotros somos hermanos, y trabajamos juntos. De hecho, muchas veces firmamos como los Hermanos Jiménez.

José Luis Jiménez (JLJ): Nosotros, independientemente de la disciplina artística en la que estemos trabajando, básicamente somos los dos autores, dibujantes, escritores, directores…

Gerardo Vilches (GV): Vuestro método de trabajo es bastante diferente al habitual, ¿verdad? ¿Cómo trabajáis en una obra?

MJ: Nosotros estamos todo el tiempo juntos: tenemos una empresa, una banda… Llega un momento en el que, al nivel de creación, estamos muy conectados. Hablamos del mismo tipo de cine, de las mismas novelas, los mismos cómics. Hay una línea de pensamiento común. Pero, además, nos hemos acostumbrado a poder intercambiar el trabajo que hacemos el uno con el otro, hacer relevos independientemente de si es cuestión de escribir, dibujar, diagramar…

GV: Cuando dibujáis, ¿cada uno de vosotros hace el proceso completo? Me imagino que ya trabajáis en digital…

Ambos: Sí, sí…

GV: ¿Cómo lo hacéis, entonces?

MJ: Digamos que muchas veces depende de los deadlines y del tipo de requerimientos del proyecto. En el último que camellamos, el de El Salado, yo avancé toda la fase de conceptualización y de lay-outs, que es algo que me gusta hacer. Algo crudo, pero que visualmente tiene ya coherencia y una intención. Ese es un punto de partida que luego puede retomar José Luis. A nivel de velocidad, él es más habilidoso, diría yo. Y confiamos en que este es un proceso que nos ayuda a llegar al producto final que deseamos.

JLJ: El proyecto de El salado tiene mucho que ver con lo que contaba antes del cortometraje. Por la situación en la que estábamos, yo tomé un trabajo a medio tiempo. Normalmente, trabajamos sólo en nuestros proyectos: somos artistas que hemos logrado vivir de nuestro trabajo. Pero, en ese momento, yo no estaba muy seguro y tomé el trabajo de encargo. Y empezó a comerme, por lo que mi hermano tomó las riendas, incluso de la parte administrativa del proyecto. Y eso, a veces, nos pasa. El salado, además es un proyecto muy ambicioso…

MJ: Sí, es prácticamente un documental.

JLJ: Pero volvemos a lo de antes: no es tan simple como decir quién hace cada parte del trabajo. Cada proyecto nos moldea y nos adaptamos.

GV: ¿En qué consiste exactamente el proyecto de El salado?

MJ: Es la historia de una comunidad desplazada y cómo vuelve a su pueblo, y tiene que luchar con esos fantasmas que quedan de la violencia. Cómo intentan recuperar sus vidas.

GV: Volvéis a hablar, como en Los once, de un tema político, o quizás más social: ¿es un interés que tenéis en todo vuestro trabajo, o son encargos que os llegan?

MJ: Es algo que no sabíamos que nos iba a pasar. Con Los once, nosotros diseñamos el proyecto para una convocatoria. Como muchas convocatorias acá en Colombia, tiene como componente que tenga un impacto social. El proyecto no ganó, pero la idea quedó. El tema de Los once sigue siendo relevante en la sociedad, pero muy espinoso, genera mucha controversia, aunque fue hace ya bastantes años. Y eso hizo que la gente comenzara a pensar que este tipo de temas sensibles se podían presentar en formato de cómic. Que era una apuesta arriesgada, pero que era algo que la gente quería ver. Porque en ese momento no se sentía la explosión que es ahora: actualmente, muchas, incluso la mayoría de las novelas gráficas pueden tratar temas así. No sé si es por eso por lo que se percibe que la novela gráfica, versus el cómic, puede tratar estos temas y hacerlo con otro tacto, pero, para nosotros, fue, de una manera muy casual, como dar con esa fórmula y darnos cuenta de que para un país como Colombia este tipo de obras funciona. El proyecto de Los once nos cambió la vida, y después de ponerlo a prueba, lo resultados son positivos. Ha tenido impacto y estamos muy agradecidos. Pero tuvo un momento de mucho desgaste: hacer la investigación, estar en contacto con los familiares de las víctimas, esas personas que realmente sufren los daños colaterales. Nosotros nos dábamos cuenta de que el proyecto estaba chévere y la gente necesitaba conocer todo eso, pero psicológicamente estábamos desgastados.

JLJ: Hubo estudiantes de Historia que nos decían que no podíamos tratar así la historia del país. Nos llegaban también snobs de la novela gráfica acusándonos de estar copiando Maus… Entonces, por nuestra parte, tuvimos que elegir creer que lo que estábamos haciendo era correcto, porque no estábamos seguros. Pero una vez que habíamos echado a andar había que terminar. Y una vez terminado, resulta que es la pieza seminal de la historia del conflicto armado en cómic en Colombia. Pero recuerdo mucho que, en alguna entrevista que nos hicieron, cuando el libro ya era un éxito, nos preguntaron si volveríamos hacer una novela gráfica de tema histórico. Y contestamos que probablemente no. Novela gráfica sí, pero sumergirnos en un tema tan fuerte como el conflicto armado, seguramente no. Y al final, la vida nos ha llevado a hacerlo de nuevo. Es parte inevitable de nuestro perfil y queremos seguir haciéndolo, porque es algo con lo nos hemos curtido como profesionales y madurado como seres humanos.

GV: En Los once trabajasteis con Andrés Cruz. ¿Cuál fue su función?

MJ: Con Andrés pasa algo muy similar a lo que te contábamos. Es un amigo de nuestra ciudad y nos conocemos desde niños. No se siente tan inmediata la conexión como entre mi hermano y yo, pero podemos trabajar estrechamente también. Tener un boceto, pasárselo a él…

JLJ: Y hemos trabajado juntos en animación, así que sabemos cómo adaptarnos y replicar un estilo gráfico para que la pieza final sea lo que tiene que ser. Andrés es escritor y tiene sus propios cómics, como Condemnarum, pero, por cosas de la vida, él empezó haciendo cómics de acción y aventura…

GV: Un estilo más de mainstream estadounidense…

JLJ: Sí, amerimanga. Nosotros nos hemos orientado más a la novela gráfica. Pasamos por Los once, luego La vorágine, y ahora estamos en El salado. Somos muy felices haciendo este tipo de proyecto, ahora. En algún momento pensamos si valía la pena, en un país tan polarizado políticamente como Colombia, pero la verdad es que sí la vale. Nos gusta el producto final y nos satisface que nuestro trabajo tenga impacto en la sociedad colombiana.

MJ: Y saber que se puede hacer bien, que lo que se plantea uno como un reto, algo que no se sabe cómo hacer correctamente, si se hace con cuidado y se trata con responsabilidad y respeto, son productos contundentes y con mucha personalidad. Eso le pasa a El salado. Los patrocinadores, El Ferrovial, nos dijeron que buscaron cómic colombiano y encontraron Los once, y sintieron que nosotros éramos las personas que podíamos asumir el proyecto.

JLJ: Lo de El salado es como un sueño hecho realidad para un autor. Es extraño, porque La vorágine también lo es, pero Los once, en un principio, no lo fue [risas]. Fue muy luchado. Pero fue un éxito y, un año y medio más tarde, se acercaron y nos propusieron el proyecto de La vorágine. Óscar me dijo que nuestra línea gráfica era perfecta para él. Nunca habíamos trabajado con él, pero nos teníamos un respeto mutuo, y fue genial. Durante un año, tuvimos un sueldo fijo al mes, que luego se descontaba de los derechos de propiedad intelectual, como un adelanto. Eso nos ayudaba a meterle mucha atención. Hablamos de una novela gráfica de ciento noventa y seis años. Y fue genial, porque es algo que busca cualquier dibujante del mundo. El libro se vendió muy bien, de los más vendido en la feria del libro en su lanzamiento. Y después de eso, que una empresa de la importancia de El Ferrovial nos pida que hagamos una historia como El salado, es un sueño hecho realidad.

GV: Volviendo a Los once, me habías comentado que os vinculaban con Maus, y en algún enlace he visto que os comparan con el trabajo de Joe Sacco, pero ¿cuáles fueron vuestros referentes reales mientras estabais trabajando?

MJ: Lo de Maus es innegable, pero no es negativo. Más que visual, era una cosa más psicológica, relacionada con la exposición pública de la obra y del autor.

JLJ: Creo que lo que más nos inspiró fue lo que el autor tuvo que soportar por hacerlo de esa manera.

MJ: Sí, es una cuestión de cómo administrar la controversia. Prepararse para soportar todo eso, que la gente critique nuestro trabajo. En Los once hay un código y un metalenguaje, y eso, evidentemente, está sujeto a que la gente lo pueda interpretar de su manera, y no tiene por qué ser necesariamente lo que nosotros queremos decir. Es como jugar con fuego. Pero ese es el punto de partida de Maus: cómo puedes aproximarte a un tema que hiere la sensibilidad de la gente, y hacerlo con un atractivo. Que la gente piense lo que quiera, pero quiera leerlo.

JLJ: Tu pregunta es muy interesante, porque nosotros muchas veces, en las charlas, decimos que Los once se parece más a Rebelión en la granja de George Orwell que a Maus.

GV: ¿En qué sentido?

MJ: Es una historia que se cuenta con animales antes que con animales antropomórficos que sirven como iconos, como en Maus, donde se utilizan no sé si como iconos raciales —porque todos somos humanos—, pero sí demográficos. En cambio, nuestro mundo es como si fuera una fábula, un mundo salvaje. Toda la población civil son ratones, desde los empleados de una cafetería a los magistrados. Las amenazas que estas personas tienen forman una cadena: están las aves, luego el gato…

JLJ: Que puede con las aves…

MJ: Está el perro que podría con el gato, etcétera. Es algo muy de Tom y Jerry, también.

JLJ: Sucede, además, que nosotros venimos de la animación. Y tenemos influencia de películas como Los rescatadores. Todo ese universo de ratones que se ponen camisas, que usan objetos como muebles, esas cuestiones de diseño nos afectan mucho. Y no tiene nada que ver con lo que plantea Spiegelman. También afecta al contenido: por ejemplo, la manera en la que mostramos el terror. No podíamos decir simplemente que los buenos son los ratones y los malos fueron los gatos —el ejército—, porque no fue así. El tema fue muy complejo y si hubiéramos hecho eso, habríamos sido muy irresponsables. ¿Qué hicimos nosotros? El ejército está representado por un ente del caos, una criatura que puede cambiar de forma. Cuando llega y se supone que va a salvar a todo el mundo es como un perro guardián, pero, a medida que empieza a luchar, empieza a deformarse y se convierte en una criatura híbrida. Es influencia total de la fantasía. En una entrevista de las primeras que nos hicieron, nos preguntaron en quién está basado el Terror. Sabiendo que era algo espinoso. Él quería escuchar un nombre, pero nosotros le dijimos que esa no era la manera en la que queríamos tratar la obra. No es que tengamos miedo, pero alguna vez lo pensamos…

GV: ¿De algún tipo de represalia?

JLJ: Sí, en algún momento nos decían amigos que teníamos que tener cuidado… Pero yo no quise decir nombre. Tanto nosotros como el entrevistador sabíamos ese nombre, pero yo le dije que estaba inspirado en la Nada de La historia sin fin de Michael Ende.

GV: Lo llevasteis a algo más abstracto que una persona concreta.

JLJ: Exacto.

MJ: Yo, finalmente, creo que el éxito de Los once fue haber hecho que esa fórmula de lo más abstracto fuera lo que resonara con el público. Si hubiéramos dado por absoluta una información concreta habríamos empezado a alienar al público. A la gente le gusta encontrar su propia verdad.

JLJ: Nosotros no nos dimos cuenta entonces, pero queríamos hacer una apuesta por la educación en un país en el que la gente dice que no tiene memoria, en el que estamos tan acostumbrados a la violencia. Algo como Los once hace sentir cosas y genera interés por la historia.

MJ: Se genera una curiosidad por la historia que es más genuina que si se la damos entera nosotros. Cuando salió el libro, había mucha expectación por lo que la gente iba a pensar. En la editorial le habían hecho una excelente preprensa.

JLJ: Sin duda. En cuestión de un mes estábamos en Semana, en Shock, en Don Juan… Era un producto que era muy intelectual, pero al mismo tiempo era muy cool: era algo que nunca se había visto.

MJ: Entonces, de pronto, tuvimos mucha retroalimentación, todo el mundo nos daba su opinión. Una señora nos llegó a la feria y nos dijo que había leído artículo sobre Los once y quería regalárselo a su hijo, que estaba prestando el servicio militar. Otro nos dijo que era ex militante del M19, y se quería llevar el libro. Familias que querían el libro para tenerlo en casa y leerlo con los hijos…

JLJ: Pero también hubo gente que nos decía que les daba miedo. O nos decían: «Eso que ustedes hicieron es una falta de respeto».

GV: Eso fue algo que también le pasó a Spiegelman con el Holocausto.

JLJ: Exacto. Pero, en nuestro caso, hasta que tú no lees el libro no ves que toda la población civil son ratones, no solo los de clase alta: en Colombia, se asocia con las ratas. Pero si se lee el libro se ve que todos son ratones, acá no se trata de eso.

MJ: Y el estilo cartoon también permite eso: uno sabe cuándo es una rata o un ratón. Cuando nos dimos cuenta de que había funcionado, no dijimos, ok, cuál es la fórmula, si queremos replicar esto. Y nos dimos cuenta de que la gente ya entendía, tenía precedentes para ubicar el trabajo. Por cierto, que otro referente que vimos cuando el libro estaba terminado es la obra de teatro La siempreviva de Miguel Torres.

GV: ¿Es un dramaturgo colombiano?

MJ: Sí. En 1994 estrenó esta obra, sobre la toma y retoma del Palacio de la Justicia. Lo especial era que él lo contaba a través de diferentes familias que vivían en el barrio de La Candelaria, y seguían por la radio lo que estaba pasando.

JLJ: Y cómo algunos integrantes de las familias tienden hacia la derecha y otros a la izquierda, y cómo eso crea un conflicto social al afrontar un evento como este.

MJ:  En Los once, aproximadamente el 80% de las imágenes son del interior del Palacio, donde nadie sabe realmente cómo sucedió. Pero se cuenta con el lenguaje muy elemental de una abuelita que está con su nieta esperando que el papá llegue a la casa, y qué les pasa a ellos en las veintiocho horas que dura la toma y retoma del Palacio de la Justicia. Y por eso a veces hay imágenes muy duras con textos muy bonitos, y al revés. El libro no tiene violencia gráfica, pero sí hay una agresividad psicológica.

JLJ: Que lo permea todo el tiempo.

MJ: Eso nos gusta mucho del libro: presenta un lenguaje que puede ser elemental, y hasta básico, pero recurre a códigos que son mucho más complejos emocionalmente.

GV: Al hilo de esto, y como pensáis que el cómic es un lenguaje ideal para tratar este tipo de temas, no sé si conocéis cómics como los de Jesús Cossio de Perú o Los años de Allende de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta… En diferentes países latinoamericanos estáis trabajando simultáneamente por recuperar la memoria reciente y los conflictos a través del cómic. ¿Habéis reflexionado sobre los motivos de que funcione tan bien?

MJ: Hay una cosa que me parece muy curiosa: el tiempo en el que nos impactan esas olas por estar en Colombia. Nos llegan desde sociedades más vanguardistas que no tienen problemas en mostrar esas cosas. Por ejemplo, si observas la segunda guerra mundial, está en cualquier formato, incluso en serie B, muy loca… Aquí se llega siempre a la idea de que en Colombia no se puede hacer porque será delicado. ¿Por qué es tan difícil? A Jesús Cossio lo conocimos en un Entreviñetas y nos dimos cuenta de que había mucha gente fijándose en esto y dispuestos a decir cosas que las personas no quieren escuchar. De pronto, para gente que no respeta todavía mucho el medio, puede ser una forma de entrar en esos temas.

GV: ¿Acá el cómic todavía es un medio relativamente underground? El fenómeno de Los once, por lo que sé, es bastante sorprendente…

JLJ: Claro, nosotros no teníamos ni idea de que lo que estábamos haciendo se iba a convertir en lo que es.

MJ: En ese momento sentíamos que la podíamos hacer, pero porque nosotros hemos leído cómics desde niños, incluso los cómics que para mucha gente son basura: superhéroes, ciencia ficción… Esas cosas que a veces, desde la élite intelectual, se desprecian. Los once está bien librado porque tiene acción, drama, suspenso, ritmo…

JLJ: Cuando la hicimos ya éramos adultos, ya nos gustaban las novelas gráficas y la idea de cómics de ese calibre ya estaba en nuestro sistema. Pero queríamos hacer algo que nos gustara a nosotros, con todos esos elementos.

GV: ¿Creéis que Los once puede ayudar a que el cómic colombiano se desarrolle y llegue a un público más amplio, o lo veis más como un fenómeno concreto, que tiene que ver con el tema que tratasteis?

MJ: Es un episodio histórico tan relevante… Hemos conocido hasta a personas que nos escribían de otros países interesados. Yo creo que eso pasa en esta ola latinoamericana, en la que cogemos estos temas y los tratamos desde la novela gráfica. Todo el mundo está llegando a ese lugar común… La mayoría de los países en Latinoamérica han sufrido de lo mismo, y los artistas estamos empezando a hablar ahora. Nosotros estamos muy contentos de tener este libro que queda bien parado al lado de todos esos cómics que se están haciendo.

JLJ: Creo que algo que ayudaría a Los once a trascender lo local es precisamente esa influencia de muchos estilos y de la animación. Creo que adaptado a un largometraje animado sería un producto muy chévere. Y en ese entorno se notaría todavía más lo distante que es a un producto como Maus. Obviamente, Spiegelman concibe su cómic para ser consumido en ese formato, y le han ofrecido muchas veces adaptarlo y siempre dice que no. Pero nosotros, que venimos precisamente de una escuela de animación, concebimos el producto de otra manera, y pensamos que sí se puede adaptar bien.

GV: Me gustaría preguntaros, para terminar, por La vorágine. Es una adaptación de una novela que yo desconocía… para mí la gran novela colombiana es Cien años de soledad, pero esta pertenece a la época poscolonial, ¿verdad? ¿Cuál es el estatus que tiene la novela acá?

JLJ: Es un monstruo.

MJ: Es una lectura obligatoria en el colegio, así de importante es.

JLJ: Eso fue una mala decisión, es una lectura muy difícil. Pero cuando te sumerges como investigador es diferente. Cuando Óscar nos planteó hacer la adaptación, yo sabía que era una lectura oscura… ¡pero no la leí! Ni en el colegio. Empezamos a trabajar y quise leerla completa, pero Óscar nos paró… Corríamos el riesgo de perdernos. Él planteó una línea principal y de ahí en adelante la alimentamos juntos. Cuando la empecé a leer, tardé semana y media, porque mi lazo emocional era ya muy fuerte. Pero es una lectura avanzada, para lectores tercos.

MJ: Sí, que no les importa que la lectura les esté retando.

JLJ: Yo no soy un lector habituado a esto, pero me gustó, estaba tan metido y había pedazos que los leía tres veces y no los entendía [risas]. Pero es enorme: La vorágine es un triángulo amoroso, memoria histórica, mitos y leyendas…

MJ: Terror…

JLJ: Sí, minihistorias de terror. Y en el momento en el que José Eustasio Rivera escribió el libro [1924] fue una denuncia social de lo que estaba pasando en la masacre de las Caucheras, que, en realidad, es el genocidio más grande del país, en una zona que está en lo más profundo y mágico del Amazonas, con gente con poder haciendo lo que quieren con los indígenas. Y matándolos… Fue un holocausto. Pero allá dentro no llegaban los periodistas, y si llegaban los mataban, de formas horribles. La novela gráfica es capaz de transmitir eso, usando recursos de terror, de Bernie Wrightson… Y a la gente le da ganas de leer la novela, que es lo que sucede con Los once, también.


Gerardo Vilches es licenciado en Historia y realiza su tesis doctoral sobre revistas satíricas de la transición. Escribe sobre cómics en su blog, The Watcher and the Tower, desde 2007. Colabora en Rockdelux, y ha publicado textos en la revista Quimera, en la antología de ensayos Radiografías de una explosión y en Panorama: la novela gráfica española hoy. También es autor de Anatomía de un oficinista japonés (Bang, 2012) y de Breve historia del cómic (Nowtilus, 2014). Ha participado en varios congresos, moderado mesas redondas y presentado novedades para diversas editoriales. Codirige CuCo, Cuadernos de cómic. En Entrecomics fue editor y publicó reseñas y artículos desde 2011 hasta 2016.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

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