Civil War: Donde la política y los superhéroes se ensucian mutuamente

Civil War: Donde la política y los superhéroes se ensucian mutuamente


Por Rocco Fregoti

 

Introducción: El fantasma de las Torres Gemelas

 Francis Fukuyama pasaría a la historia como el intelectual que declaró que la misma había terminado luego de la caída de la Unión Soviética y el muro de Berlín. Diría esto en relación a la filosofía hegeliana, arguyendo así que la democracia liberal occidental sería un sistema perfecto, sin contradicciones internas, una síntesis definitiva a la que no se le podían presentar antítesis o negaciones algunas. Pero pasó el tiempo, el neoliberalismo mostró sus efectos negativos con las crisis latinoamericanas o el efecto Vodka, y la idea de que la globalización del sistema estadounidense era lo mejor y lo último a ocurrir empezó a resquebrajarse. Y luego cayeron las Torres Gemelas en el atentado que pasaría a ser conocido como 9/11.

No les tengo que contar la historia, pero hagámoslo igual. Estados Unidos había pagado a los insurgentes afganos en los ’80 contra el gobierno soviético y entre otras cosas había puesto a la cabeza de estos grupos a Osama Bin Laden, un príncipe saudí. Sin embargo, pasó el tiempo y este vínculo de “te pago para que mates a mis enemigos” terminó. Varios años después, Al-Qaeda capturó cuatro aviones, logrando estrellar uno en el Pentágono y dos en el World Trade Center, más conocido como las Torres Gemelas. Unas tres mil personas murieron en el atentado y aun no terminó de quedar muy claro qué pasó exactamente pero si algo se puede comprender es que le dio un estado de excepción perfecto al gobierno del republicano George W. Bush.

Luego del 9/11 no solo envió el ejército estadounidense a invadir Afganistán y, luego, llevar “democracia” a Irak por tercera vez, finalmente logrando matar a Saddam Hussein; también promulgó el Acta Patriótica. Esta ley permitía, básicamente, que el Estado norteamericano espiara a la población y pudiera llevar a cabo arrestos casi sin ningún argumento más que “no confiamos en este ciudadano”. A su vez, este atentado llevado a cabo por extremistas islámicos hizo que la imagen pública de los musulmanes en EUA se viera expuesta, facilitando los discursos xenófobos y anti inmigración. Es esta saga de eventos recién descrita la que sirve de inspiración (aunque con sus limitaciones) a Mark Millar para organizar y escribir el evento que luego sería conocido como Civil War (2006).

Portada de Michael Turner para el tomo compilatorio de Civil War

Los tiros van por este lado: un grupo de superhéroes conocido como los Nuevos Guerreros se encontraba filmando un reality de cómo salvaban el día en Stamford, un pueblo bastante tranquilo. Se encuentran con un grupo de villanos, todo anda relativamente bien hasta que uno de estos, Nitro, explota y se lleva consigo no solo a los héroes y a las casas contiguas sino a toda una escuela con niños dentro. Seiscientos muertos, sesenta niños entre ellos. Ya tenemos nuestro 9/11. Esto solo ayuda a acelerar el Acta de Registro de Superhéroes, una ley en la que todas las súper personas deben registrarse frente al Estado norteamericano, entregando sus identidades secretas en el proceso.

Esto causa una grieta en los superhéroes, sobre todo los Vengadores, porque aquellos más poderosos, ricos, sin familia o con buena imagen pública están a favor (descontando al Capitán América, que de hecho lidera al otro bando) mientras que los que son más bien débiles, pobres, poseen una imagen pública más bien desconocida, o tienen familia este asunto no les va para nada.  Ahí tenemos nuestra Acta Patriótica y nuestro conflicto central. ¿Y quién es nuestro grupo minoritario inspirado en los musulmanes que viven en Estados Unidos? Los superhéroes, puesto que su imagen pública colapsó por el atentado. ¿Es esto cuestionable? Claro que lo es. Esta historia está llena de algo que apenas se puede llamar metáforas políticas que conducen a algunas decisiones narrativas muy cuestionables. Así que tratemos de empezar por lo bueno.

 

Lo que Civil War hace bien

Además de la trama principal, Civil War como buen evento que es posee muchas tramas aparte, muchos tie-ins como se los llama. Son varios y algunos están buenos. La intriga de Black Panther negociando con las otras potencias superhumanas sobre qué hacer ante la situación norteamericana; Zemo y los Thunderbolts conspirando contra todo el mundo tras bambalinas; el simpático crossover entre los Young Avengers y los Runaways; la aub-trama de Wolverine descubriendo que todo fue orquestado por la empresa Control de Daños para poder conseguir contratos estatales es una vuelta brillante; la historia de Deadpool y Cable enfrentados uno contra el otro no solo logra desarrollar su vínculo como personajes sino que también es una historia francamente entretenida. Los Cuatro Fantásticos le ponen un toque dramático que sinceramente se agradece y queda muy bien en la ecuación. Impacta ver cómo la familia de oro de los superhéroes se resquebraja sobre sí misma con momentos que quedaron y quedarán en mi mente como cuando la Cosa habla con un Johnny Storm en coma buscando algo que contarle, o la discusión entre Reed y Susan cuando ella se pasa al otro bando. De hecho enfoquémonos en el drama que es la verdadera virtud de todo este evento.

Se siente que esto es una situación que ojalá pudiera haberse evitado. Todos los personajes involucrados muestran un claro disgusto frente a lo que ocurre. Las dos facciones en choque, con todas las fallas que uno puede imaginarse, logran alcanzar una coherencia lógica de porqué están enfrentados, sobre todo el bando pro-registro liderado por Iron Man. No es un error, no solo por lo ideológico, que los héroes más poderosos del universo Marvel estén juntos contra la falta de controles de los superhéroes. ¿Quién sino Sentry estaría a favor de un control de los superhumanos, el hombre con la fuerza de cien soles, cuya faceta oscura psicológica, el Vacío, siempre acecha para tomar el poder del mundo? ¿Quién sino She-Hulk estaría a favor del control de los superhumanos, una mujer con superfuerza cuyo primo es conocido por ataques de furia que demuelen ciudades enteras y que, recientemente, había tenido uno que  dejó en coma a una de sus amigas y mató a otro (véase Avengers Disassembled)? Desde esta óptica se comprende porqué Spider–Man estuvo en el bando de Iron Man al principio (“un gran poder conlleva una gran responsabilidad” y todo ese asunto). Lo que sí, se ve mucha más duda en el bando pro-Registro que en el anti, lo que es una tristeza, ante todo por lo claro que queda que la editorial está del lado del Capitán América. Todas las historias, tie-ins incluidos (incluso los de los héroes pro registro como She-Hulk o Ms. Marvel o Iron Man o Heroes For Hire), te dejan muy en claro que el Capi tiene la razón, lo que es discutible. Pero para eso vamos a tener que tratar la política de la historia y eso es un apartado mucho más denso.

Si hay un tie-in, que vale toda la pena, es FrontLine (hasta su casi apologético final), que narra las aventuras y desgracias de Ben Urich, Sally Floyd, Robbie Baldwin y Norman Osborn en todo este quilombo. Ben y Sally dan un ángulo muy fresco porque estamos viendo una trama de superhéroes desde los ojos de civiles. Luego tenemos la trama que dio nacimiento a Penance, uno de los personajes más edgy de la historia. Resumen corto: Penance es Robbie Baldwin, Speedball, quien estuvo presente en la masacre de Stanford como un miembro de los Nuevos Guerreros. Speedball, nuestro protagonista, cae un tiempo en prisión y luego va a un juicio en el que casi lo asesinan, a medida que sus poderes cinéticos cargados por dolor físico se desarrollan y su vida se destroza como vidrio. Sus amigos están muertos, está en una prisión en donde  lo quieren boletear, su familia lo abandona, y tiene que asumir lentamente que fue culpable de algo terrible. Es un drama de la hostia que tiene bastante sentido en términos literarios y si no, bueno, qué quieren que les diga, me gusta ver a los personajes sufrir. Por último vemos a Osborn libre, lo que sienta las bases para lo que luego va a ser Dark Reign.

Antes y después: Speedball (izq.) y su devenir Penance (der.)

Hay ciertos medios que tienen sus propios temas. Una tópica personal de su género. Los dos temas principales  aquí son la identidad secreta y la responsabilidad personal sobre el superpoder propio. El bando pro-Registro argumenta que deben entregar sus identidades secretas y su domicilio al gobierno a cambio de que reciban entrenamiento para poder controlar mejor sus poderes y así ser más responsables con los riesgos que estos suponen.

El bando anti-Registro arguye por su parte que la entrega de las identidades secretas pone en peligro a sus seres queridos. Ambos conceptos funcionan como un arma de doble filo. La identidad secreta pone a resguardo los seres queridos del superhéroe, pero a su vez les hace tener que vivir una doble vida, formulando excusas de porqué desaparecen y qué hacen y por qué de golpe llegan hechos un moretón con forma humana. En cambio, el superpoder es bueno porque permite abordar situaciones de riesgo de formas que un humano normal no podría tratar, pero como decía Kierkegaard, lo que puede hacer mucho bien puede hacer la misma cantidad exacta de mal, así que sí, por ejemplo, el Profesor X puede leer la mente de un supervillano para detener sus planes también puede dejar a alguien en estado catatónico por el resto de su vida.

Sin embargo, Marvel tiene varios héroes que tienen una identidad pública y son a su vez los líderes del bando pro-Registro. Pero esos héroes tienen mucho más poder que, digamos, Luke Cage. Iron Man es un multimillonario con un arsenal que avergüenza a la OTAN. Ms. Marvel y Wonder Man puede volar por el espacio y lanzar ráfagas de energía iónica, son superfuertes y rápidos. Hank Pym y Reed Richards son también multimillonarios que además de su riqueza y capacidad de crear armas demenciales poseen intelectos gigantes. Podría tener sentido, de alguna manera, por qué el Capitán América es del bando anti: porque comprende que muchos héroes son street-level, con un nivel de poder bajo y su identidad oculta funciona como un poder extra que protege a sus seres queridos. Pero no. No nos merecemos cosas buenas porque venimos a esta tierra a sufrir, y entonces en vez de hacer una historia sobre lo meta de ser un superhéroe tenemos un intento mediocre de parábola política.

Lo que Civil War hace en relación a la política

A veces uno olvida que el mainstream de pensamiento norteamericano quedó en una cápsula del tiempo de principios del siglo XIX y ve todo desde el ángulo de una versión acartonada de la Ilustración y el liberalismo y no desde los problemas de clase o el Estado desde un ángulo no antagónico. Salvo por FrontLine y Wolverine, la historia apenas rasca la superficie de cómo las cosas en Estados Unidos quizás no giren alrededor de una discusión decimonónica entre conservadurismo y liberalismo, sino alrededor de elementos económicos…y tampoco lo hacen muy bien.

Es que empezamos mal por el nombre. Guerra Civil no es un término limpio de significados en EUA como podría serlo en Argentina. La Argentina tuvo una guerra civil que duró casi todo el siglo XIX y que concluyó en la masacre de grupos étnicos que fueron relegados por completo de la historia oficial. Terminó en la formación de lo que iba a ser el país en adelante, y aunque tuvo momentos paradigmáticos que aún resuenan en la cultura nacional (el fusilamiento de Manuel Dorrego,  el asesinato de Facundo Quiroga, el asesinato del Chacho Peñaloza, el de Juan Lavalle, la figura de Juan Manuel de Rosas, etc), los argentinos no tenemos simulacros de guerra de Caseros  y no es como si la división unitarios contra federales siguiese resonando en la política argentina de una manera, por así decirse, estética o principal. Mientras tanto, en EEUU el general Charles D. Jameson y el general Robert Lee, los comandantes del bando confederado, son reconocidos como héroes y la frase “The South will rise again” (el Sur volverá a levantarse) aparece demasiado frecuentemente como para sentirse cómodos.

El problema es que mientras que la discusión entre Estado unificado versus Estado federal, o en el caso del comic, identidad propia versus súper vigilantes regulados por el Estado, son discusiones con argumentos, respetables llegado a cierto punto; la discusión de la guerra de secesión fue que Lincoln y los republicanos querían hacer que los negros dejaran de ser catalogados como propiedad cuando no había nada que certificara que son algo distinto a un ser humano; y los demócratas de los Estados del Sur no les gustó mucho la idea de perder lo que era, a sus ojos, propiedad económica. Hay un bando con ideales que por lo mínimo no quieren ser hipócritas y como máximo fueron nobles, y otro que es un conjunto de lacras subhumanas a las que deberían enterrar vivas porque quieren seguir reproduciendo un sistema de sufrimiento por sus ganancias económicas personales.

Pero vayamos al plato principal: El 9-11, el Acta Patriota, la imagen pública de los musulmanes; en comparación a la Masacre de Stanford, el Acta de Registro Superhumano y la imagen pública de los superhéroes. Aquí hay un cinismo tonto y miserable. Primero, ¿por qué no hacer esto empleando a los grupos de superseres que ya funcionan como una metáfora de las minorías oprimidas? Porque tendríamos una metáfora directa, simple y funcional. Por ejemplo, Namor, Magneto o Maximus realizan un atentado en suelo americano, por decir algo. Esto haría que se pase una ley parecida al Acta Patriótica que persiga a los mutantes, atlantes o inhumanos de Estados Unidos y que el público en su mayoría esté dispuesto a soltarles la mano como ocurrió luego de las Torres Gemelas, mientras que los Vengadores dirigen una guerra contra los ejércitos o países de los líderes recién nombrados. Se unen los tres eventos (9-11, Acta Patriótica e imagen pública) y se le agrega un cuarto que quedó fuera (la guerra contra el terror). Pero no, porque estos son comics y Mark Millar debió haberse preguntado en un momento sobre quién le gana a quien en un Capitán América versus Iron Man. Así que terminamos con una obra en la que tres personajes (Wolverine por un lado, y Ben Urich y Sally Floyd por el otro) descubren la verdad de la milanesa de todo este conflicto que es casi idéntica a la verdad de la Guerra del Terror (reinstalar con más fuerza el conservadurismo en Estados Unidos, controlar más duramente a la población, reformar el ejército en dirección a una mayor privatización y prepararse para nuevas guerras) y no la publican. No hacen nada, porque, sorpresa, la sociedad no está preparada para oír la verdad. Ya lo escucharon chicos, se pueden esconder las motivaciones económico-militares detrás de las más sanguinarias violaciones de derechos humanos y tragedias porque la gente no está preparada para oírla. No hay responsabilidad, Donald Rumsfeld puede estar tranquilo en su casa de campo, sin ninguna consecuencia por iniciar la tercera guerra de Irak que mató un millón de personas. Millar y los guionistas de Marvel se cagan en figuras como Michael Moore, Chelsea Manning o Edward Snowden que sí lucharon y luchan en nombre de la verdad y la dignidad de su país por publicar las verdades descubiertas que afectan el statu quo norteamericano. E incluso, por más que la editorial ponga todo su esfuerzo en convencernos de que el Capi tiene la razón, esto no es irrefutable.

Vayamos por partes: primero pro Registro, luego anti Registro. El principal argumento es que los superpoderes son peligrosos, suponen riesgos. Si yo te encajo un cachetazo, te dejo rojo el cachete; si es Hulk el que lo da, te arranca la cabeza. De la misma forma que los policías deben aprobar controles y disciplinas para poder llevar un arma (lo que te revela el carácter blanco neoliberal nivel familia de Get Out de esta historia porque cualquier noción de la cultura negra estadounidense indica que la policía estadounidense es estructuralmente indisciplinada y asesina), más debería, por ejemplo, la Antorcha Humana. Esto es algo que existe en el mediocre Boku No Hero Academia: los héroes son empleados públicos a los que el Estado japonés paga cada tanto por sus servicios, comisiones extra si se tratan de héroes de alto nivel. La parte de registrar la identidad secreta pasa a ser una medida de responsabilidad extra: el héroe puede ser ahora llevado a juicio, con arresto y todo, pero también puede empezar a dar testimonio. No suena a locura esto. Es bastante aceptable de hecho.

El principal argumento anti registro consiste en lo tratado en historias anteriores en los cómics: cuando un villano sabe la identidad de su héroe rival, casi siempre lo quiere llevar al frente familiar y/o personal. Pero esta es una razón completamente ajena al Capitán América que lucha en cambio por los valores estadounidenses del azul, rojo y blanco, estando más fuera de contexto que la nada. Literalmente, el único líder racional para el bando anti es Spider-Man o Daredevil: pobres, mala imagen pública, sus poderes no son armas de destrucción masiva, conocen de primera mano cómo es que un villano sepa quién sos. Pero no, porque Marvel tenía que darnos esta historia tratando de convencernos que el bando anti es el bueno casi poniéndonos un revólver en la cabeza, ya sea haciendo que los héroes pro registro hagan cosas cuestionables directamente villanescas (Reed Richards haciendo un gulag para superhéroes en la dimensión negativa, Tony Stark organizando un ejército de supervillanos controlados con descargas eléctricas para que sirvan como tropa extra y liberando a Norman Osborn, el Duende Verde) y poniendo a la representación de los valores en el fútbol americano, el 4 de Julio y el imperialismo petrolero liderando el bando anti. Y por favor, no tengo que remarcar lo insensible que es comparar a los musulmanes con los superhéroes, ¿no?

Civil War es una excusa de tinta para reforzar a modo pasquín al estatuto norteamericano. Iron Man a su ejército, el Capi a sus valores. Existe para que cada quién agarre lo que le guste y se sienta perpetuamente correcto, dejando al sistema intacto. Sí sos demócrata, te quedas con el desarrollo; si sos republicano, te quedas con el final. Es un litro de cinismo infantil nivel adolescente estúpido con las hormonas quemándole el cerebro, que tiene un potencial de ser una buena historia de los peligros de ser superhéroe pero quiere hacerse la inteligente metiéndole sin necesidad política, o teniendo en sus manos una idea política pésimamente llevada a cabo. Porque al final, todo esto es lo mismo. Luego ocurre Dark Reign, y el Capitán Mitología Estadounidense y el Hombre del Sector Militar Industrial vuelven a ser amigos. Como decía Parménides, el cambio es ilusorio, al menos para esta historia. Esto es lo que tenemos, y lo que tenemos, es, por lo mínimo, mediocre y tonto; por lo máximo, insensible y cínico.


Rocco Fregoti es un blogero recién salido de la secundaria. Graduado de la escuela secundaria ORT Almagro, cursa el profesorado de Filosofía de la UBA. Desde el 2015 escrribe en el blog Rojocomics, cuyo enfoque general es la historieta, y desde el 2018 en el blog LenguajePolítico, cuyo enfoque es la política. Cultor también de los videojuegos y la literatura.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

COMMENTS

  1. Iván

    octubre 21

    Me parece muy buena nota en general, pero tengo que decirte que (quizás por un problema de espacio, no sé) la comparación con la Guerra de Secesión es muy floja ya que ignoras los factores económicos que la causaron mucho más importantes que «la esclavitud» en términos de DD.HH. Ahí medio que terminas haciendo aquello que criticas sobre el argumento de Millar. Pese a ese punto muy flojo, una excelente nota que te deja pensando lo mucho mejor que podría haber sido la historia si sea animaran a explorar esos ángulos que describís. Difícil que lo hiciera Millar, efectista por donde se lo mire, y en Marvel. Saludos.

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