Todo relato del pasado es político, o One Piece y la historia

Todo relato del pasado es político, o One Piece y la historia


Por Diego Labra

De formación, soy historiador, y también soy lector fanático de One Piece. Aunque en realidad One Piece, el descomunalmente exitoso manga de Eiichirō Oda, estuvo primero. Comencé a leerlo asiduamente, semana a semana, hace alrededor de trece años, cuando todavía no había terminando el secundario. Lo que es decir, las aventuras de Luffy y compañía se han mantenido como una constante a lo largo de mi escape de la adolescencia y la transición hacía la adultez, a través de mudanzas, viajes, rupturas, reencuentros, e hitos vitales varios.

Podría decir que es una parte mi vida como ninguna otra ficción puede aspirar a serlo (o casi cualquier otra cosa o persona podría). Es por eso que ahora, que luego de veinte años de serialización ininterrumpida la serie está ingresando en su recta final, se me dio por comenzar a leerla desde el comienzo, con la nostalgia con que se leen las cartas viejas de un amigo que sabemos se va a ir a vivir muy lejos para no volver.

Me sorprendió descubrir durante la relectura qué tan profundo plantea One Piece una relación con la Historia, como concepto con mayúsculas, y con la historiografía también, esa disciplina que elegí estudiar casi al mismo tiempo que comencé a disfrutar el manga. A partir allí nació este artículo, que como ya habrán notado tiene también en su origen una buena cuota de catarsis. Primero, comenzaré introduciendo para los neófitos el fenómeno editorial que es la historieta de Eiichirō Oda. Segundo, explorare las diversas maneras en que la historia y la historiografía juegan un lugar que juzgo cabal en el épico shonen.

Monkey D. Luffy, rey de reyes.

Ostensiblemente, Japón es el único país del mundo donde el epicentro de la industria cultural nacional es la historieta. Mientras en Estados Unidos, DC y Marvel ensayan nuevas iteraciones de los superhéroes clásicos mirando de reojo a los agentes de casting y la recaudación de la taquilla en el cine, en el país del Sol Naciente la mayoría de los animes se producen como publicidad para vender más manga (y merchandising, mucho merchandising).

Esta predominancia tiene raíces en las particularidades de la historia japonesa. Simplificando, podemos señalar la nutrida tradición de narrativa gráfica, que ya en el siglo XIX decantó en narraciones ilustradas de amplia circulación como los trabajos de Hokusai; la coyuntura de posguerra en que se configuró el manga moderno, donde convergieron la necesidad de entretenimiento masivo y barato de producir con la influencia de la animación de Disney y los comic books que traían consigo los soldados del ejército de ocupación norteamericano; y, la naturaleza del trabajo asalariado y las urbes niponas, que demandan de la mayoría de la población largas horas en la oficina y trasbordos en tren aún más largos, durante los cuales sobra tiempo para leer.

Solo recientemente el manga ha comenzado a ver su estrella descender un poco en la industria cultural japonesa, cediendo terreno a otro dispositivo que puede ser consumido en movimiento: los smartphones. No ayudó la postura conservadora de las editoriales, que tardaron en desapegarse del papel, solo muy recientemente haciendo el salto digital con gran éxito. En China, donde la historieta ha crecido últimamente gracias a la popularidad del manga japonés luego de la apertura económica de las últimas décadas, el manwha se hace por defecto en color y como un largo panel vertical para ser scrolleado en un teléfono.

Antes de la popularización de los celulares con internet, la revista más popular del ramo, Shonen Jump, alcanzó a imprimir más de 6 millones de ejemplares semanales, allá por 1995. Es decir, uno de cada veinte japoneses lo compraba. Ese año que la publicación alcanzó el cenit de ventas, no incidentalmente logró también un line-up soñado en la selección de series y autores, apareciendo simultáneamente Dragon Ball de Akira Toriyama, Slam Dunk de Takehiko Inoue, Rurouni Kenshin de Nobuhiro Watsuki, Captain Tsubasa: World Youth de Yoichi Takahashi, Shadow Lady de Masakasu Katsura, Level E de Yoshihiro Togashi, entre otros. Hoy, veinte años más tarde, la Shonen Jump tiene una tirada que no alcanza el tercio de ese pico histórico, con menos de dos millones semanales en circulación.

Sin embargo, One Piece, que por poco se perdió entrar en esa era dorada del semanario al aparecer por primera vez en 1997, vende igual o mejor que en aquel entonces. Cada tomo recopilatorio tira aproximadamente cuatro millones de ejemplares. En 2015, el Libro Guinness de Records Mundiales le otorgó el título de “comic producido por un solo autor con más copias en prensa” al alcanzar 320.866.000 de tomos en circulación en todo el mundo. Hoy esa cifra asciende a más de 430 millones y contando, siendo 70 millones de ellos vendidos fuera de Japón. Aunque vale aclarar que One Piece es marcadamente más popular entre el fandom nipón que el occidental, que históricamente ha preferido a su rival Naruto.

¿Por qué One Piece ha capturado de esta manera al público lector japonés, que viene leyendo shonen desde hace tres generaciones o más? No es un manga particularmente innovador ni rupturista. No crea un lenguaje narrativo nuevo como hizo en su momento el “Manga no Kami-sama” Osamu Tezuka, ni plantea una renovación visual como aventuró Akira Toriyama en los ochenta. Tampoco soluciona los problemas que hoy se señalan desde occidente, en particular la hipersexualización de sus personajes femeninos. Lo que si hace Eiichirō Oda es tomar todos los clisés del shonen, el manga de acción y aventura dirigido a varones adolescentes que como los asiduos sabrán es muy afecto a los clisés, y los eleva a un nuevo nivel en la pura convicción y maestría de su ejecución.

One Piece es un shonen diseñado para barrer con todos los shonen, la máxima expresión de ese género y ese estilo, lo que el gol de Maradona a los ingleses es al fútbol. Imagínense si los 42 tomos de Dragon Ball, en lugar de plantear sagas autoconclusivas, narraran una sola aventura ininterrumpida con una meta clara desde la primera búsqueda de las esferas del dragón. Imagínense que cuando Goku está peleando con Ten Shin Han en el Torneo de las Artes Marciales, aparece Cell para romper todo y descolocar por igual a los protagonistas y a los lectores. Eso pasa en One Piece cuando Hawk Eye Mihawk, “el mejor espadachín del mundo”, debuta en el tomo 6, ostentando un nivel de poder que recién hoy hacia el tomo 90 los protagonistas están rozando.

En el centro de esa ambición narrativa, temática y estilística, desplegada a lo largo de decenas de tomos y más de dos décadas, con literalmente centenares de personajes, encontramos un concepto que parece alienígena a un manga de peleas: la historia, su valor para forjar (o deshacer) sociedades, y el poder que detenta aquellas instituciones capaces de establecer su relato de la historia como la verdadera y única versión en existencia.

La historia es el motor del manga

Primero, el amor por la historia que siente Eiichirō Oda queda evidenciado allí en las páginas donde se publican las cartas enviadas a la redacción. En ellas el autor desmenuza ante los pedidos de sus lectores el origen de nombres, personajes y lugares aparecidos en el manga, empezando por la inspiración en piratas reales para los personajes (Bartholomew “Black Bart” Roberts. Samuel Bellamy, Edward Teach “Blackbeard”, Jean Lafitte, etc.). También reconoce influencias literarias, mayormente de clásicos europeos, como la reversión de Dr. Jekyll/Mr. Hyde en el personaje Cavendish (también con el nombre de un pirata histórico), el “soldadito de plomo” en que se convirtió el gladiador Kyros, o el muy “liliputiense” reino de los Tontatta.

One Piece sea acaso el ejemplo más acabado del sincretismo desprejuiciado que caracteriza al manga y anime japonés, tomando prestados y descontextualizando elementos de múltiples orígenes, ajeno al concepto de “apropiación cultural” que suena fuerte en los blogs de crítica primermundistas: El resultado es una síntesis rabiosamente original y con appeal global, donde rubios, morochos, un robot, un esqueleto y un reno viajan en una carabela hablando en japonés, con valores japoneses.

Si bien el mundo donde se desarrolla la historia es ficticio, híbrido, todavía se pueden reconocer ecos del nuestro, en la españolísima Dressrosa gobernada por el malvado Donquixote Doflamingo o en el arabismo medieval de Alabasta. En la saga de Skypea se nos presentan las ruinas de Shandora, de clara inspiración en las pirámides aztecas, aunque los shandorianos parecen tatuados maoríes con alas, y su historia fue marcada por un “bromance” entre un explorador y su guerrero local con mucho sabor a Pocahontas.

Con todas estas piezas disímiles el mangaka construyó un mundo complejo y que parece tener vida propia, con su propia geografía, instituciones, reinos, razas, un ejército revolucionario, un elenco que se dice ya excede los mil personajes, y también una profunda historia, que invocan más al espíritu de Tolkien que al de Stan Lee. Esta ambición narrativa por un autor integral es difícil de imaginar existiendo en el régimen del comic book norteamericano, cuyos universos son más cuestión del editor-en-jefe que de los autores. El floppy mensual tampoco podría contener un mundo tan desbordante, producido al ritmo de entre sesenta y ochenta páginas mensuales, producto del demencial régimen de trabajo exigido a los mangakas por los semanarios como Shonen Jump ¿Por qué creen que Toriyama nunca más hizo una serie semanal?

Cuando uno cree conocerse el organigrama del Gobierno Mundial, o quiénes son los Emperadores pirata del Nuevo Mundo, una guerra o una decisión tomada en la página, o fuera de ella, cambia la composición de instituciones que son dinámicas y permeables al paso del tiempo. Nadie está hoy en el mismo lugar que estaba parado al comienzo de la serie, que de seguir sin improvistos se prepara para terminar en poco más de cinco años, sumando 30 tomos más a los actuales 89. Para dimensionarlo, esto haría de One Piece aproximadamente tres veces más larga que Dragon Ball.

Al hacer de lo diacrónico una característica fundamental del mundo que creó, Oda también se sirve de la historia en un segundo modo, explicando motivaciones y deseos que informan las acciones de sus personajes mediante experiencias pasadas. Haciendo un uso del flashback que haría sonrojar a los guionistas de Lost (flashbacks dentro de flashbacks dentro de flashbacks), llegado el momento clave de cada arco argumental el mangaka nos invita a bucear en el pasado de su protagonista. A la búsqueda de esa relación o ese trauma que no solo nos permita comprender mejor sus acciones y decisiones, sino que nos pegue debajo de la cintura sin vergüenza, buscando nuestro llanto, como el buen arte popular sabe hacer.

La traición de Nami durante la batalla en el Baratie, la mitomanía que cultiva Usopp, la renuncia de Sanji a la tripulación del Sunny Go, la sed de venganza de Trafalgar Law contra Doflamingo. Todas las decisiones constitutivas que componen las personalidades de los protagonistas, e incluso los secundarios, se nos revelan cuando aparecen las páginas de viñetas negras con las que Oda nos deja saber que estamos viendo el pasado. Para cuando la primera piña golpea la cara del antagonista, esta carga tanto más peso porque sabemos todo el sentimiento, todo el pasado, que viene a redimir el combate.

Lo mismo puede decirse de las diferentes sociedades y culturas que ocupan el peculiar océano conocido como Grand Line. Quizá el mejor ejemplo de ello sea el citado arco de Skypea, que lleva a Luffy y compañía a aventurarse al mar blanco de nubes que se encuentra en el cielo. Allí se nos presenta el conflicto entre los habitantes del cielo y los también alados shandianos, enfrentados por la única isla de tierra que se encuentra allí arriba. Pero como Oda va develando con el paso de los capítulos y los tomos, allí no hay ni buenos ni malos, sino historia. Reclamos opuestos y necesidades contrapuestas, pero igual de comprensibles, un odio cultivado a través de generaciones de afrentas mutuas y la impotencia que genera el exilio involuntario.

Durante ese acto en particular, que abarca desde los tomos 24 a 32, la cuestión de la historia y su relato es explicitado mediante el cuento de “Noland, el mentiroso”, leyenda infantil sobre un marino que murió ejecutado por orden del rey, condenado por el crimen de inventar haber visitado una ciudad de oro. Como la tripulación descubren luego, sin embargo, lo que se transmite entonces como cuentos de hadas es en realidad una deformación de hechos sucedidos cuatrocientos años antes, una tragedia humana que excede el relato, y que separó a Montblac Noland de sus amigos shandianos y le costó hasta la vida.

La historia en el mundo de One Piece, entonces, no se reduce a lo que pasó en el pasado, sino a los diferentes relatos que se tejen sobre los hechos y los efectos que ellos tienen sobre las sociedades y las personas que las componen. En este tercer uso de la historia en el manga, el pasado y la capacidad de conocerlo, interpretarlo, crearlo, pasa de ser una influencia estilística y un elemento temático para ponerse en el centro de la trama y su conflicto.

Luego de la batalla final contra la organización criminal Baroque Works en Alabasta, la incorporación a la tripulación de la arqueóloga Nico Robin, una de las pocas personas capaces de leer el idioma conservado en los antiquísimos Poneglyphs, nos introduce al “siglo vacío”. Una centuria completa, hace ochocientos años, borrada de los anales de la historia escrita, donde parece que se desarrolló la “gran guerra” que destruyó al “gran reino”. Fue durante esos cien años que el mundo que habitan Luffy y sus piratas tomo forma, aparentemente de una manera más literal que figurativa.

Es que en el mundo de One Piece, controlar la historia es poder. Como lo entendía Crocodile, es poder porque con la habilidad de leer los Poneglyphs es posible conocer el paradero de las armas antiguas más poderosas en existencia: Urano, Poseidón y Plutón. Con ellas, se dice, el usuario se convierte en un dios, y son la razón por la cual argumenta el Gobierno Mundial la prohibición del conocimiento sobre el “siglo vacío”. Pero la historia también es poder en una manera más insidiosa y profunda, pues como vemos, quien controla el relato de la historia, controla no solo pasado, sino el presente y el futuro.

Por esa razón el Gobierno Mundial envió a su fuerza de élite, Cipher Pol 9, a capturar a Nico Robin durante el arco de Enies Lobby, y antes, aplastó con todo su poder miliar la isla de los arqueólogos, Ohara, donde la pirata se crio. Controlar el mundo significa controlar su historia, y cualquiera que sea capaz de escapar de la narrativa oficial e indagar por su propia cuenta representa un peligro inminente a la estructura (desigual, injusta) del mundo. Cipher Pol, la Marina con sus poderosos almirantes, y los Siete Guerreros del Mar, piratas que actúan con el beneplácito del gobierno, son el brazo coercitivo de un estado que funciona solo si controla el relato de la historia

Mas la historia también empodera a quien sepa indagar en ella, e interpretarla para desafiar el orden establecido. Quien puede leer el pasado, puede entender el origen violento e ilegítimo de los privilegios detentados en el presente por la nobleza, apodados “dragones celestiales”, a quienes responden el Gobierno Mundial y sus fuerzas del orden. Por eso mismo el ejército revolucionario liderado por el elusivo padre de Luffy, Monkey D. Dragon, apoya su lucha contra el poder instituido con la indagación y descubrimiento del pasado oculto.

Para los lectores fieles es cada vez más claro que el viaje que comenzó hace dos décadas como una búsqueda del tesoro, el titular One Piece, y el derecho a llamarse el rey de los piratas, se ha convertido una batalla por la historia del mundo. En Raftel, allí al final de la Grand Line, la legendaria tripulación de Gold D. Roger parece no haber dejado tesoros y riqueza, sino la última pieza del rompecabezas que devela los secretos del pasado. Es decir, la llave para cambiar el presente.


Diego Labra es Profesor en Historia y Doctorando en Ciencias Sociales. Incluso antes que el interés por las cuestiones de la sociedad y la cultura, estuvieron las historietas, la ciencia ficción y los videojuegos (probablemente ambos estén conectados). Inició su carrera de grado en la Universidad Nacional de Mar del Plata, y la termino en la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente continúa allí sus estudios doctorales, con una beca de CONICET. Siempre que puede se escapa de su tema de tesis y escribe académicamente acerca de cultura pop. Además colaboró en el sitio la Broken Face, y actualmente es redactor regular en Geeky.

Este es el usuario genérico de Revista Kamandi, la revista de crítica de historietas para la nueva raza de los animales parlantes.

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